Irrigación endodóntica durante un tratamiento de conductos con protocolos de desinfección avanzados

La irrigación endodóntica merece más atención clínica

En nuestro campo hablamos mucho sobre nuevos sistemas de instrumentación, biomateriales y técnicas que prometen mejorar los resultados. Sin embargo, mientras revisaba algunos artículos recientes, me llamó la atención que una parte importante de la conversación científica está regresando a un aspecto mucho más básico. La pregunta ahora es… ¿Estamos irrigando correctamente los conductos?

Durante mucho tiempo di por sentado que la irrigación consistía en elegir una solución eficaz para eliminar bacterias y restos de tejido. El hipoclorito de sodio se convirtió en el estándar porque, hasta ahora, ningún otro irrigante ha demostrado la misma capacidad para disolver tejido orgánico y controlar la carga bacteriana dentro del sistema de conductos.

Con el tiempo empecé a prestar más atención a otra pregunta. Si la irrigación es tan importante para el éxito del tratamiento, ¿por qué solemos dedicar tanto tiempo a discutir la instrumentación y tan poco a revisar cómo utilizamos el irrigante? Esa inquietud volvió a aparecer mientras leía varias publicaciones recientes.

La investigación plantea una perspectiva diferente. El éxito de la irrigación no depende únicamente del líquido que utilizamos. También importa la forma en que lo aplicamos y si realmente consigue llegar a las zonas que los instrumentos no pueden tocar.

Este cambio de enfoque me parece especialmente interesante porque nos recuerda una realidad que a veces pasamos por alto. La instrumentación mecánica, por sí sola, nunca limpia completamente un sistema de conductos. La anatomía radicular es mucho más compleja de lo que aparentan las radiografías. Conductos laterales e istmos crean espacios donde las limas simplemente no llegan. Es precisamente ahí donde la irrigación adquiere un papel mucho más importante.

El protocolo importa tanto como el irrigante

Por eso hoy también debemos preguntarnos cómo estamos favoreciendo que el irrigante entre en contacto con toda la superficie del conducto. En este punto aparecen conceptos que hace algunos años apenas ocupaban unas cuantas líneas en los artículos científicos y que hoy reciben cada vez más atención. Uno de ellos es la activación.

Existen diferentes métodos para conseguir que la solución circule de manera más eficiente dentro del conducto. Algunos utilizan ultrasonido. Otros recurren a dispositivos sónicos. Aunque funcionan de manera distinta, todos buscan el mismo objetivo, conseguir que el irrigante llegue donde la instrumentación no puede hacerlo por sí sola.

Lo interesante es que la discusión ya no gira únicamente alrededor de incorporar más tecnología al consultorio, sino que también se habla de aspectos aparentemente sencillos que pueden modificar el resultado final. Renovar la solución con frecuencia o permitir un tiempo de contacto adecuado parecen detalles menores, sin embargo, la evidencia sugiere que pueden influir tanto como la elección del propio irrigante.

Es un punto que me obligó a mirar con otros ojos algunos hábitos. Es fácil asumir que un protocolo ya está optimizado porque lo hemos repetido durante años, pero incluso los procedimientos más familiares merecen ser cuestionados de vez en cuando.

Una oportunidad para revisar nuestra práctica

Otro aspecto que encuentro especialmente interesante es que algunos investigadores empiezan a describir la irrigación no solo como un proceso de desinfección, sino también como una forma de preparar la superficie dentinaria antes de la obturación. El objetivo ya no sería únicamente eliminar bacterias. También se busca crear condiciones más favorables para la interacción entre los materiales de sellado y la dentina.

Este enfoque todavía continúa desarrollándose, pero refleja cómo este procedimiento sigue evolucionando conforme entendemos mejor la biología de los tejidos y el comportamiento de los materiales.

Naturalmente, esto no significa que debamos cambiar nuestros protocolos cada vez que aparece un estudio nuevo. La evidencia científica se construye poco a poco, y muchas innovaciones necesitan años para demostrar beneficios clínicos consistentes. Aun así, creo que vale la pena mantener una actitud crítica frente a nuestra práctica diaria y preguntarnos si estamos aprovechando todo el potencial de herramientas que ya tenemos disponibles.

Después de leer estas publicaciones, me quedo con una reflexión sencilla. Tal vez el futuro de la endodoncia no dependa únicamente de desarrollar instrumentos más sofisticados o materiales cada vez más avanzados. También puede consistir en perfeccionar procedimientos que todavía ofrecen oportunidades para mejorar.

Al final, una irrigación eficaz depende de comprender qué queremos conseguir con ella y de aplicar protocolos que nos permitan alcanzar ese objetivo de la forma más predecible posible. 

Referencia

Silva EJNL, et al. Improved Root Canal Disinfection through Extended Sodium Hypochlorite Exposure and Renewal after Preparation Procedures. J Endod. 2026;52(3):451-457. doi:10.1016/j.joen.2025.11.023.

Llamar